domingo, 24 de marzo de 2013

Nobuyoshi Araki - My Wife Yoko 1967-1975












En 1971 Araki se casó con una joven ensayista llamada Yoko a la que amaba con locura. Fiel a sí mismo y a su personaje, el fotógrafo se llevó la cámara a la luna de miel y la documentó cuidadosamente, así como gran parte de sus primeros años de casado. Observando las fotos nos volvemos testigos de sus paseos, baños, orgasmos, bailes, discusiones, alegrías… La mirada de Yoko es casi siempre muy intensa, soñadora, algo melancólica. Vemos centenares de retratos naturalistas de Yoko asomándose a la ventana, Yoko acariciando a su gato Chiro, Yoko nadando en un lago, Yoko dormida en un bote tumbada en posición fetal… Esta última imagen es una de las más conocidas de Araki, y resulta no sólo hermosa visualmente sino también extrañamente turbadora… Y es que jugando con la ventaja de saber que Yoko moriría pocos años más tarde, podemos ver en esa imagen un cierto presagio, un símbolo de su viaje al más allá en una barca funeraria. En un curioso momento del documental Arakimentari, de Travis Klose, Araki recuerda el momento en que tomó esa fotografía. Tras adoptar un aire melancólico unos segundos, sonríe y comenta el motivo por el que Yoko dormía… Básicamente que se habían pasado toda la noche follando y estaban ambos agotados.

 En una entrevista con la artista Nan Goldin (amiga y colaboradora), Araki medita sobre el “olor a muerte” que el mismo arte de la fotografía desprende en su intento de convertir en estático lo esencialmente dinámico. Dice Araki: “cuando fotografío la infelicidad sólo capturo la infelicidad, pero cuando fotografío la alegría aparecen reflejadas la vida, la muerte y todo lo demás. La infelicidad parece grave y pesada; la alegría es ligera, pero contiene su propia pesadez, un sentido inminente de muerte”.
 
Yoko murió en 1990, por culpa de un cáncer de ovario, y Araki se enfrentó a sus seis meses de agonía con la única arma de que disponía: su cámara. En una serie de fotos difícil de mirar sin que aparezca un nudo en la garganta, Araki retrata la progresiva decadencia de Yoko, las flores de su habitación de hospital, el último contacto de sus manos… Y finalmente los ojos cerrados de su mujer en el ataúd con tapa de cristal, cubierto de flores. Tras las imágenes de la tumba, vemos a la muy querida gata de ambos, Chiro, acurrucándose en el rincón de Yoko de la cama o saltando sobre la nieve recién caída…
Durante varios meses tras la muerte de su esposa, Araki fotografió casi exclusivamente cielos. Despejados, nublados, brillantes, azules, grises… Los imponentes y vacíos cielos de Tokyo.

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